¿Qué tiene Dios que decirnos?

Lo que en apariencia iba a ser un día nublado, terminó convirtiéndose en una velada cálida, radiante y despejada de las nubes que turban la razón y sesgan la verdadera sabiduría.

Según el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (2005) “El reino de Dios se manifiesta, más bien, en el desarrollo de una sociabilidad humana que sea para los hombres levadura de realización integral, de justicia y de solidaridad, abierta al Trascendente como término de referencia para el propio y definitivo cumplimiento personal “ (pg. 26).

En este sentido, Dios nos invitó una vez más a reunirnos en el campus de la Universidad para compartir la grandeza de su Amor. Y, conociendo nuestro marcado carácter social, nos condujo a un número limitado de personas para mostrarnos que su Espíritu siembra y recoge en la individualidad de cada persona, en la comunión de dos, en la entrega de unos pocos.

Empezada la mañana, éramos unos pocos reunidos, algo que a ojos de un mundo acostumbrado a las grandes masas podría suponer un fracaso. Pero, cada uno de nosotros traía el corazón lleno, y a la vez dispuesto a vaciarlo en comunidad. Fue así como nos aventuramos a dar de nosotros lo que teníamos en un grupo reducido, pero sabiéndonos llenos, confiados y amados por Dios. Y, en esta dinámica, vimos pasar las horas: en la entrega al Trascendente, en una pequeña comunidad a la que no le faltaron ideas, actividades y momentos que compartir.

En la primera convivencia de la Pastoral Universitaria, con una planificación muy justa, realizamos un taller de grupo en el que, con absoluta sencillez, compartimos el testimonio de cada uno. Seguidamente, reflexionamos sobre las lecturas de la Biblia para coincidir en que “la sabiduría de Dios es más valiosa que el oro” y que todo lo que el mundo puede ofrecer no sirve de nada si Dios no es el centro de nuestras vidas. Y llenos del Espíritu de Dios, no faltaron las canciones ambientando aquel lugar que había adoptado un tono mágico. Realmente, era el lugar que Dios había escogido para nosotros.

Después del taller, dimos lo que teníamos en una comida que parecía la segunda parte del encuentro, ya que tras compartir lo de dentro solo nos quedaba compartir lo de fuera, y así fue: puestos a la mesa, sabíamos en silencio que estábamos en la Mesa del Señor, y aquello nos llenaba de una alegría y un entusiasmo difíciles de describir. La convivencia finalizó entre conversaciones que se decidían a continuar con el trabajo por hacer visible al Invisible en la Universidad. Y, decididos a remodelar la capilla de la Universidad y a fortalecer los diversos grupos de trabajo de la Pastoral, dimos gracias a Dios, cada uno por dentro, por hacer grandes a los pequeños, y convertir un reducido encuentro de personas en algo más grande.

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