Homilía del Miércoles de Ceniza 2015

Con la austera y simbólica imposición de la Ceniza comenzamos hoy la cuaresma que nos introduce en el camino hacia la Pascua. Y, aunque en nuestra sociedad plural y secularizada este tiempo ha quedado bastante devaluado, para los cristianos es un tiempo de especial intensidad e interioridad, que vale la pena aprovechar. Es un tiempo favorable, un tiempo de gracia y de gratuidad de Dios.

Desde nuestro nacimiento, Dios tiene un proyecto sobre cada uno de nosotros y sobre el mundo en que vivimos; y la cuaresma es un tiempo propicio para confrontar nuestros planes y proyectos con los planes y proyectos de Dios.

Cuando el profeta Isaías afirma que, a veces, estos planes de Dios y los nuestros no coinciden, nos invita a hacer una permanente revisión de nuestros actos y de nuestras actitudes.

Decía el papa Francisco que hay que abrirse a Dios y a los hermanos. Estamos invitados a emprender un camino en el cual, desafiando la rutina, nos esforzamos por abrir los ojos y los oídos, pero sobre todo, abrir el corazón, para ir más allá de nuestro huertecito.

Este mundo, cada vez más artificial nos hace vivir en una cultura del “hacer”, de lo “útil”, donde sin darnos cuenta excluimos a Dios de nuestro horizonte. La cuaresma nos recuerda que no somos Dios. Y también, en relación con los demás corremos el riesgo de cerrarnos, de olvidarlos. Pero solo cuando las dificultades y los sufrimientos de nuestros hermanos nos interpelan, sólo entonces podemos iniciar nuestro camino de conversión hacía la Pascua. Es un itinerario que comprende la cruz y la renuncia.

Este camino comienza con el gesto simbólico de la imposición de la ceniza que es expresión de la caducidad limitada de  la  existencia humana y que va unido a loa necesidad de arrepentirnos de los posibles errores en nuestra adecuación a los proyectos de Dios. Las palabras CONVERTÍOS Y CREED EN EL EVANGELIO expresan esta necesidad de renovación en nuestras vidas. Una renovación atenta, sincera y comprometida.

El profeta Joel, en la primera lectura, ha precisado que esta conversión ha de ser de todo corazón, acentuando la dimensión personal de la conversión, a la vez que san Pablo nos ha exhortado a secundar la obra de Dios contemplando la vertiente comunitaria de nuestras acciones.

Situarnos en la cuaresma es situarnos en la necesidad de estar abiertos a un proceso de renovación interior, mediante el reconocimiento de nuestros errores e infidelidades y nuestro compromiso de cambio.

El evangelio de hoy nos ha hablado de los tres elementos del camino espiritual de la Cuaresma. Estos tres elementos eran habituales en tiempos de Jesús, y que se habían desvirtuado de manera notable: la limosna, el ayuno y la oración.Unas prácticas que el pueblo cristiano adoptó también, convirtiéndolas, de alguna manera, para el tiempo cuaresmal.

El primer elemento es LA ORACIÓN. Es la fuerza del cristiano y de todo creyente. En la debilidad y fragilidad de nuestra vida podemos dirigirnos a Dios confiadamente y entrar en comunión con Él. La cuaresma es tiempo de oración, una oración más intensa, más prolongada, más asidua, más capaz de hacerse cargo de las necesidades de los hermanos; oración de intercesión, para interceder ante Dios por tanta situaciones de pobreza y sufrimiento. En definitiva, orar es hacer silencio y escucharse interiormente, en una relación continuada, profunda y personal con Dios.

El segundo elemento es el AYUNO. El ayuno tiene sentido si verdaderamente menoscaba nuestra seguridad, e incluso si de ello se deriva un beneficio, si nos ayuda a cultivar el estilo del buen Samaritano, que se inclina sobre el hermano en dificultad y se ocupa de él. El ayuno comporta la elección de una vida sobria, en su estilo; una vida que no derrocha. Ayunar nos ayuda a entrena r el corazón en lo esencial y en el compartir. Es un signo de toma de conciencia y de responsabilidad ante las injusticias, los atropellos, especialmente respecto a los pobres y a los pequeños, y es signo de la confianza que ponemos en Dios y en su providencia. Ayunar es aprender a depender de dios, de su gracia y de su perdón.

El tercer elemento es la limosna: ella indica la gratuidad, porque en la limosna se da a alguien de quien no se espera recibir nada a cambio. La gratuidad debería ser una de las características del cristiano, que consciente de haber recibido todo de Dios gratuitamente, es decir, sin mérito alguno, aprende a donar a los demás gratuitamente. Limosna es compartir y dar de lo que somos y de lo que tenemos.

Hoy, a menudo, la gratuidad no forma parte de la vida cotidiana, donde todo se vende y se compra. Todo es cálculo y medida. La limosna nos Ayuda a vivir la gratuidad del don, que es libertad de la obsesión de poseer, del miedo a perder lo que se tiene, de la tristeza de quien no quiere compartir con los demás el propio bienestar.

LA CUARESMA 2015 ES UNA NUEVA OPORTUNIDAD QUE DIOS NOS DA. NO LA DESPAROVECHEMOS.