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Quinta comparación: la luz.

Sb 17,1-18,4


Hemos pasado ya el Ecuador de esta serie de siete comparaciones. Nos vamos encaminando ya hacia el final. El final de esta larga oración de recuerdo, y el final de nuestro libro.


Conforme vamos viendo cercano el fin, también vamos a oír hablar con más frecuencia del final de la vida. La muerte, la inmortalidad, el juicio son temas que aparecieron al principio del libro. Aquí los vamos a ver otra vez. El principio está relacionado con el final, como casi siempre sucede en esta obra.


En esta comparación se enfrentan una de las plagas de Egipto y uno de los beneficios que Dios hizo a su pueblo en el desierto, lo de siempre. La plaga son las tinieblas que cubrieron a los egipcios, mientras que los hijos de Israel siguieron disfrutando de la luz (cfr. Ex 10,21-29). Y se compara con la columna de fuego que acompañaba a Israel en el desierto para que tuvieran luz por las noches (cfr. Ex 13,21-22).


El texto del Éxodo es muy escueto en detalles, ya ves la poca extensión que tiene en los dos casos. Sin embargo, la comparación de nuestro autor es larga, muy larga, la más larga de las vistas hasta ahora.


Quiero hablarte de un trasfondo que hay detrás de esta comparación. Te lo voy a decir ahora para que cuando la leas te puedas fijar en ello. Cuando el libro del Éxodo nos habla de la negociación de Moisés con Faraón para que dejara salir al pueblo de su país aparecen unos tipos que solemos llamar como “magos”. Cuando Moisés convierte su bastón en serpiente delante de Faraón, estos hechiceros hicieron también lo mismo (cfr. Ex 7,11). Y algo semejante sucede con las dos primeras plagas, la del Nilo convertido en sangre (cfr. Ex 7,22) y la de las ranas (cfr. Ex 8,3). Pero a partir de entonces es como si los magos fueran perdiendo poder. En la tercera plaga, la de los mosquitos, intentaron hacer lo mismo que Moisés y no pudieron (cfr. Ex 8,14-15). Es entonces cuando estos magos reconocen el poder de Yahveh y su  propia impotencia: este es el dedo de Dios (Ex 8,15). Y los magos desaparecen, ya no lo vuelven a intentar. Sólo se nos habla de ellos en la sexta plaga, la de las úlceras. Allí se nos dice que sufrieron ellos también las úlceras, y tuvieron que desaparecer de la presencia de Moisés (cfr. Ex 9,11). Y de los magos ya nunca más se supo.


Pues de esto es de lo que se trata. Los magos, los adivinos, los sacerdotes, eran vistos como personajes poderosos, respetados y temidos por todo el pueblo. Y ahora los vamos a ver asustados como niños pequeños, escondidos en sus casas y muertos de miedo. Y eso que vale para la época de Moisés, vale también para el momento en que se escribe el libro. Existe, ya lo sabes bien, la tentación de quedar deslumbrado por el esplendor de los cultos egipcios o romanos. Está el deseo de acercarse al poder. Y para ello hay que renunciar a la tradición del pueblo de Israel, como si fuera algo propio de gentes atrasadas o supersticiosas. El contraste entre la libertad de los israelitas y el miedo de los egipcios puede ayudar a colocar cada cosa en su sitio. Y esto mismo vale también para nuestro tiempo. Estamos en una sociedad en la que se ha quitado, o por lo menos intentado quitar, a Dios de la vida pública. Y observamos que ya casi todo se ha convertido en un Dios. Teorías innumerables sobre alimentos, energías, posturas, ejercicios, animales, plantas, vibraciones, elementos naturales…


También en nuestro tiempo hay muchos magos que dicen ser capaces de solucionar todos nuestros problemas. Pero todos, a la hora de la verdad, se encierran muertos de miedo. Lo hemos visto literalmente con el virus aquel. Ante la muerte nada pueden, sólo salir corriendo a encerrarse.


Bueno, te dejo ya que esta vez te he dicho demasiadas cosas antes de leer el texto. Léelo, es largo, el autor voluntariamente ha querido explayarse. Disfrútalo, es bello.

 

Grandes e inenarrables son tus juicios,

 por eso las almas ignorantes se extraviaron. 

2Cuando los malvados creían que podían oprimir a la nación santa,

 se encontraron prisioneros de las tinieblas, encadenados en una larga noche,

 recluidos bajo su techo, desterrados de la eterna providencia. 

3Pensaban permanecer ocultos con sus secretos pecados

 bajo el oscuro velo del olvido,

 pero se vieron dispersos, presa de terrible espanto,

 sobresaltados por alucinaciones. 

4El escondrijo que los protegía no los libraba del miedo,

 pues a su alrededor retumbaban ruidos escalofriantes

 y se les aparecían sombríos espectros de lúgubre aspecto. 

5No había fuego capaz de alumbrarlos,

 ni el brillo resplandeciente de las estrellas

 lograba iluminar aquella noche horrible. 

6Para ellos sólo lucía una hoguera espantosa

 que ardía por sí misma,

 y cuando desaparecía la visión, quedaban tan aterrados

 que les parecía más macabro aún lo que habían visto. 

7Los trucos de la magia habían fracasado

 y su alarde de sabiduría quedó en ridículo, 

8pues los que prometían expulsar miedos y temores de la gente enloquecida,

 enloquecían ellos mismos con un pánico ridículo. 

9Y, aunque nada inquietante les atemorizase,

 sobresaltados por el paso de las alimañas y el silbido de los reptiles, 

10sucumbían temblando,

 negándose a mirar aquel aire inevitable. 

11Pues la maldad es cobarde y a sí misma se condena,

 acosada por la conciencia, siempre se imagina lo peor. 

12Y el miedo no es otra cosa que el abandono de los auxilios de la razón: 

13cuanto menor es la confianza en uno mismo,

 mayor parece la causa desconocida del tormento. 

14Durante aquella noche realmente imposible,

 surgida de las profundidades del impotente Hades,

 durmiendo todos el mismo sueño, 

15unas veces los perseguían espectros monstruosos,

 y otras, al fallarles el valor, desfallecían,

 pues los invadió un miedo repentino e inesperado. 

16Así, cualquiera que caía en una tal situación

 quedaba atrapado, encadenado en aquella cárcel sin barrotes; 

17fuese labrador o pastor,

 o un trabajador que se afana en solitario,

 sufría, sorprendido, el ineludible destino, 

18pues todos estaban atados a la misma cadena de tinieblas.

 El silbido del viento,

 el canto melodioso de los pájaros en el ramaje frondoso,

 la cadencia del agua fluyendo impetuosa, 

19el estruendo de las rocas al precipitarse,

 la carrera invisible de animales al galope,

 el rugido de las bestias más feroces,

 o el eco que retumbaba en las oquedades de las montañas

 los dejaba paralizados de terror. 

20El mundo entero resplandecía con luz radiante

 y se dedicaba sin trabas a sus tareas; 

21solo sobre ellos se cernía una noche agobiante,

 imagen de las tinieblas que les esperaban,

 aunque ellos eran para sí mismos más agobiantes que las tinieblas.

181Para tus fieles, en cambio, brillaba una espléndida luz.

 Los egipcios, que oían su voz pero sin distinguir su figura,

 los felicitaban por no haber padecido como ellos. 

2Les daban las gracias porque no se vengaban de los agravios recibidos

 y les pedían perdón por su conducta hostil. 

3En lugar de esto les diste una columna de fuego,

 como guía para un viaje desconocido,

 y como sol inofensivo para su gloriosa marcha. 

4Bien merecían verse privados de luz y prisioneros de las tinieblas

 aquellos que habían encerrado en la prisión a tus hijos,

 que iban a transmitir al mundo la luz incorruptible de la ley. 

 

Con tan pocos datos, como encontramos en las fuentes, el autor ha querido escribir un texto muy elaborado, prolijo en adjetivos y figuras retóricas, recargado. En este texto ya se anuncia lo que va a ser el final, las dos últimas comparaciones, especialmente la séptima. Eso ya lo veremos en su momento. Es el fracaso, el desastre de toda una civilización poderosísima, tanto el Egipto de los faraones, como la Roma de Octavio Augusto. Es fácil hasta imaginarlo, el texto es muy plástico. Todos esos personajes encerrados en sus casas, sin atreverse a salir. Asustados por el ruido de unos pájaros, o unos mosquitos. Muertos de miedo.


El texto del Éxodo dice literalmente que nadie podía moverse de su sitio (Ex 10,23). A un lector actual este detalle le puede llamar la atención ¿qué tiene que ver que estuviera oscuro para que nadie saliera a la calle? Pero para los lectores de la época esta afirmación es clara, evidente. No existía más luz que la del sol. Y esto es difícil que entre en nuestra imaginación. Es verdad que en las casas existe el fuego en el hogar para alimentarse, cocinar y alumbrar. Es verdad que también existen lámparas de aceite y velas de cera, pero estos son elementos frágiles y sobre todo muy caros, artículos de lujo al alcance de unos pocos.


Cuando no hay sol uno no sale de su casa. Porque no se ve nada. Porque te puedes caer, o perder. O peor todavía, porque te pueden asaltar, robar o matar. Cuando es de noche uno no sale a la calle. Allí sólo existe el peligro y la muerte. Así que tres días de oscuridad son tres días de estar encerrados en la propia casa, muertos de miedo, sin ver nada. Mientras, los judíos haciendo vida normal. Y los egipcios los oían sin verlos, y los envidiaban, y los felicitaban, y les agradecían que no se aprovecharan de esta oscuridad para hacerles daño. Y motivos tenían, muchos son los ultrajes que los egipcios hicieron a Israel durante más de cuatro siglos.


Quisieron apagar la luz, quisieron exterminar al pueblo elegido. Y fueron ellos los que se quedaron a oscuras. Y, no lo dice, pero es una consecuencia lógica, fueron exterminados. Pero esto ya lo veremos más adelante.


No sé si recuerdas el segundo de los principios de estas comparaciones: por aquello con lo que pecaron, con ello fueran castigados (Sb 11,16). Pues en ésas estamos. El texto dice explícitamente de dónde procede esta oscuridad, del impotente Hades (Sb 17,14), el lugar de los muertos, de eso te hablé ya hace tiempo. Siendo real esta oscuridad, al mismo tiempo es símbolo de otra realidad mayor, la muerte. Estas serán las dos últimas comparaciones. Y, junto a la oscuridad, la luz. Los judíos, habitando en la región de Gosen, gozando de la luz del sol.


Habían tratado de sofocarlos violentamente, pero Israel tiene una luz que le ha sido dada. No hay poder en este mundo capaz de ahogarla. Incluso en mitad del desierto, donde no hay nada. Allí sólo hay peligros, alimañas, salteadores, muerte. Y ellos tenían una luz que les permitía ver hasta en mitad de la noche.

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